
En «Dura una eternidad y en un instante se acaba», Anne de Marcken logra algo extraordinario: toma la figura del zombi y la transforma por completo. Desmantela el género hasta sus cimientos para construir una obra singular e inclasificable. Esta novela es una reflexión sobre el amor, el duelo y la identidad; una indagación metafísica de una intensidad feroz. Extraña y luminosa, demuestra que incluso entre las ruinas de un mundo extinguido puede perdurar una forma inesperada de belleza.


Las crónicas de la conquista tienden de por sí al asombro, porque no hay cosa que no sea siempre otra cosa, porque lo ya sabido existe para poder contar lo que es nuevo. Pablo Katchadjian ensaya, en Medio real, su versión personal de los relatos de conquista. Pero todos sus relatos, los de todos sus libros, son en verdad relatos de asombro, en los que una y otra vez cada cosa se convierte en otra, en los que cada cosa sabida se transforma en algo nuevo, en los que reconocer y descubrir se vuelven por completo inseparables. Con Medio real entendemos en qué sentido los libros de Katchadjian funcionan siempre, en cierto modo, como una fábula de conquista, pero de una conquista de otra índole: la de la literatura conquistando el mundo. Y no para someterlo, sino para liberarlo.


Fascismo Cosplay es brillante por la ferocidad —a ratos intolerable— con que piensa el mundo contemporáneo y nuestro pequeño infierno argentino. Por si fuera poco, también hace estallar, una por una, nuestras superioridades morales progresistas. Y entonces nos deja desnudos ante la pregunta más oscura: “¿En qué caracteres se escribe el colapso del mundo, si ese colapso incluye el de los lenguajes que podrían registrarlo?”


Hay libros de los que hablamos durante años sin haberlos tenido en las manos. Misterio y maneras era uno de ellos. Teníamos algún que otro texto suelto, un pdf mal diagramado. Lo leíamos citado por otros. Lo buscábamos en tiendas de usados y en viajes. Existía en las bibliografías y en las conversaciones entre libreros y escritores, pero no en las mesas de las librerías.
Su publicación en Argentina, gracias a La Parte Maldita tiene algo de reparación: por fin ese libro esquivo y mítico encuentra un cuerpo, y los lectores pueden descubrir a una Flannery O’Connor que pensó la escritura con la misma lucidez feroz con la que escribió sus cuentos.


Escribió el profeta Nietzsche: «Es poeta el que posee la facultad de ver muchedumbres aéreas vivientes a su alrededor; es dramaturgo el que siente un impulso irresistible a metamorfosearse y a vivir y obrar por medio de otros cuerpos y otras almas.»
Travestismo creativo. Encarnar y dejar después hablar al cuerpo. El fenómeno raro ese: generar una voz que se ve. De su luminosa experiencia en el teatro, sin dudas, le viene a Romina Paula el atributo. Y en este libro lo vuelve narrativa. Hija biográfica es una novela que se escucha. Una voz que engendra a un cuerpo y a un relato con el que se convive. Al que se asiste. Una preciosa performance literaria.


En Tocan a muerto, Laura Vivar hace impresionismo con su forma de contar. Tiene el poder de iluminar lo más escondido con un lenguaje corrido y crujiente. Las palabras eléctricas de Laura son un arma de precisión para liberar secretos de familia, para hacer convivir España, el pueblo, la abuela Milagros, la guerra civil, con una chamana puericultora y abortera y también con las mujeres de luto y huevos, muchos huevos. Se trata de sobrevivir.


Lucía Seles no se parece a nadie. Y Hockey de mujer lo prueba. ¿De qué está hecho? De listas, diarios, más listas, instrucciones, sufrimientos, fragments románticos, desahogos. Lucía dice que no es una poeta, sino que es una grafómana, y creo que es una extremadamente despabilada, que enloquece la lengua y te hace reír y te hace emocionar con su amor por las confiterías, los podcasts, algunas líneas de colectivo, su colección de biromes, sanatorios, etiquetas, versos para Fabricio… La voz de Lucía es tierna, ama, odia, perdona. Hay felicidad en su escritura y es contagiosa.


El universo de trazos rotos que dan forma a Campeón nos habla de clase, de perros y de dolor, del origen trágico de una familia, pero también de la invención de un imaginario nuevo a base de repetición e ingenio. Además de contarnos lo que nos cuenta, Jazmín Varela nos está narrando una época.


La familia, el Estado, la Nación, el amor, los mitos, nuestros mitos, sus mitos, la política, el peronismo, la violencia, Dios y la fe, la maternidad, la maternidad Sardá, la paternidad, el estado general de un país y la sensibilidad particular de Martín Rodríguez en su obra reunida de 1998 a 2018 en Poesía Mundial. Todo y más que todo.


¿Hay algo más insoportable que la vida cotidiana? Tal vez no, pero no queda otra. La decisión de vivir “en modo diario”, como dice Larisa Cumin, habitante de Mar del Plata, es caprichosa, y proviene de una constatación tan evidente como sorpresiva: todo eso que tenés enfrente, antes, no estaba ahí. De las dunas y arbustos a los bosques fragantes y los barrios residenciales con (más o menos) primorosos jardines, Larisa no para de entregar en su diario observaciones inesperadas: sobre el tiempo de las plantas, que sucede cuando no estamos mirando, sobre la cualidad levemente monstruosa de lo vegetal, que nos preexiste, y sobre esos trabajos grandes y pequeños que demanda sostener la vida, como un jardín.


Caistulo es un poeta o vidente (ambas experiencias se parecen) cuyos versos conocí a través de Gabriela Cabezón Cámara. La escuché recitarlos y sentí que las palabras se movían a un nivel misterioso. Hablaba de la naturaleza, de los árboles, a los que llama “madres”, de los hongos, de la experiencia con la tierra. No pude conseguir el libro, ni sé si existía como tal, pero mi entusiasmo fue tal que se los pedí a Gabriela que me los envió y tuve que leerlos en fotocopias. Hace unos meses, en un viaje que hice a Buenos Aires, me topé con este libro, y me lo traje a Madrid. El tono, la sorpresa, las visiones, el diálogo me acompañaron tanto en la escritura de un texto en el que estaba trabajando como en la reflexión sobre cómo pensarnos como parte de un todo. Para mi fue una experiencia de lectura inédita, y como tal lo recomiendo vivamente.


Se trata de un niño que conoce la muerte cuando una bala perdida mata a su padre. Se trata de atravesar un duelo cómo una extensión del juego infantil. Se trata de la aparición de una voz fresca en el relato insaciable de la violencia en Colombia. Es un cóctel sensorial con altísimas dosis de ternura y brutalidad.
